lunes, 5 de julio de 2010

El Duelo

Buenos Aires, Abril de 1869

Ernesto Agustín Zubizarreta nació y se crió en los pagos de San Antonio de Areco. Hijo único de un acaudalado estanciero bonaerense, al llegar a la adolescencia fue enviado a cursar sus estudios superiores a la Capital Federal, donde funcionaban colegios idóneos para una propicia educación a la europea.
Virgilio Simón Ardula del Cerro, hijo primogénito de un importante político y terrateniente del partido de Luján, compartió una suerte similar a la de Ernesto, después de toda una infancia moldeada con los mejores tutores privados que el dinero podía pagar. Ahora había que pulir ese diamante en bruto y enviarlo a Buenos Aires para completar sus estudios con un nivel acorde a su elevado rango social.
Los muchachos se conocieron en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde, siendo ambos del interior de la provincia y habitantes hasta ese entonces del inmenso campo, trabaron cierta amistad que duró hasta la compleción de sus estudios secundarios a fines de 1868.
A partir de allí, sus caminos tomarían nortes diferentes. Ernesto haría sus estudios terciarios en la Universidad de Córdoba, donde esperaba graduarse de contador para guiar los asuntos financieros de la familia y Virgilio, planeaba quedarse en la Capital donde asistiría a la Universidad de Buenos Aires para obtener un título en Filosofia y Letras. Su ambición laboral era la enseñanaza y su pasión la literatura.
Antes de su separación, los jóvenes, ya conocidos en la elegante sociedad porteña, fueron invitados a una tertulia vespertina en la magnífica casona de la familia de Maria de las Mercedes Barceló.
Merceditas como sus amigos íntimos la conocían, hacía tiempo que estaba en la mira de conquista de Ernesto, quien la invitaba a dar breves paseos por la ciudad y la adulaba constantemente con el afán de ganarse su simpatía y su corazón. Pero Virgilio, quien por decirlo de alguna forma acorde a las costumbres de la época, no gustaba de las damas más que para su agradable y afin compañía, era el mejor amigo de la hermosa jóven.
La tarde del ágape llegó y transcurrió con Ernesto haciendo lo imposible por ganarse la atención de su pretendida, quien prefirió ignorarlo por hallarse muy a gusto acompañada de Virgilio y unas primas, comentando chiquilina y picaramente, las vestimentas de los demás concurrentes a la fiesta.
Al oscurecer y después que Merceditas deleitara a los presentes con tres o cuatro valses interpretados en su precioso nuevo piano de cola, la reunión llegó a su fin y los invitados comenzaron a saludar para despedirse, agradecer a los anfitriones e ir saliendo en ordenada fila hacia la calle.
Los amigos hicieron su retirada juntos. Virgilio con una sonrisa de satisfacción por la hermosa velada pasada y Ernesto muy serio, con el ceño fruncido por la frustración de no haber podido ganarse la atención de la niña en toda la tarde.
Caminaron en silencio por varias cuadras, saludando de vez en cuando a alguna cara conocida, pero al llegar a una esquina desierta, Ernesto se detuvo de repente, tomó del hombro a Virgilio y lo increpó furioso:

- ¿Así es como me pagás todos estos años de amistad, miserable? ¿Manteniéndome alejado de la mujer que amo?
- ¿De qué estás hablando Ernesto? ¿Te volviste loco?
- ¡Ah, loco sí. Pero de furia por tu entrometida actitud! ¿Porqué no dejaste que Merceditas aceptara mis invitaciones a bailar? ¿Porqué tuviste que estar todo el tiempo junto a ella chismorroteando como comadres?
- Pero...¿Te das cuenta de lo que estás diciendo viejo? ¿Vos te creés que yo le llené la cabeza a Mercedes para que no quiera estar con vos? Estás delirando Ernesto. Si ella estuvo conmigo y sus primas, es porque ella lo prefirió así y nada más. Nada de manipulaciones, ¿Me entendés? Yo no tuve nada que ver con su decisión. Ella piensa por sí sola.

Ernesto ciego de ira e impotencia, sacó del bolsillo de la chaqueta un par de guantes de fina gamuza y con ellos azotó la cara del sorprendido Virgilio, mientras daba media vuelta y se alejaba a paso vivo, repitiendo obcecadamente:

- ¡Maldito miserable...!

Virgilio se quedó petrificado unos minutos con la espalda apoyada contra una reja. No podía creer que su amigo lo hubiese retado a duelo por esa nimiedad. Después de un rato, cuando pudo recuperar la compostura, se dirigió lentamente a la habitación que alquilaba como morada.
Un par de días después, recibió la visita de Evaristo Sarlanga, un amigo común que tenían con Ernesto y que había sido designado para oficiar como árbitro del duelo. Ernesto decidiría el día y la hora del enfrentamiento. Quedaba a discreción de Virgilio la elección de las armas y el lugar.
Luego de una breve cabilación y viendo que no tenía escapatoria, el atribulado muchacho se decidió por pistolas y Colonia Casal, una pequeña localidad donde su familia poseía gran cantidad de tierras, cerca de General Villegas, como sitio para la confrontación.

***


Dos semanas más tarde, en una fría y húmeda madrugada de otoño, con una densa niebla elevándose de la tierra como un sudario natural, los protagonistas del duelo, sus padrinos y Evaristo el arbitrador, se hallaban en un pequeño monte de pinos dispuestos a zanjar esa disputa sin sentido de una vez por todas.
Cada duelista se hallaba en la compañía de sus padrinos, guardando cierta distancia del otro grupo y a una indicación del árbitro, se quitaron sus chaquetas, quedando en mangas de camisa, calados hasta los huesos y se acercaron para elegir las armas. Evaristo abrió la tapa de una caja de ebano, tapizada interiormente con un fieltro carmesí, donde reposaban dos pistolones de un solo disparo. Virgilio inclinó la cabeza en silencio hacia su contrincante y éste tomó cuidadosamente una de las pistolas, la cargó y se alejó unos metros.
Quizás fué sólo un chasco de su mente en esa mañana tan fría y a una hora tan temprana, pero a Ernesto le pareció notar que al retirar su arma, Virgilio murmuró unas rápidas palabras al oído de Evaristo y depositó en su mano, al estrechársela a modo de saludo, un apretujado rollo de billetes. Pero todo fue muy fugaz y Ernesto sólo quería lavar lo que consideraba su honor manchado e irse inmediatamente de allí.
Ambos jóvenes se miraron fijamente a los ojos por unos instantes, se colocaron espalda con espalda y con el brazo derecho doblado, sosteniendo la pistola a la altura de sus hombros, apuntando al cielo rojizo del amanecer. Cerraron los ojos y se concentraron en la voz del árbitro seca, lenta y precisa, contando los pasos para tomar distancia de tiro:

- ¡Uno...! ¡Dos...! ¡Tres...! ¡Cuatro...! ¡Cinco...! ¡Seis...!

Para cuando la cuenta llegó a seiscientos veinticuatro, Virgilio ya había traspuesto los límites con la provincia de Santa Fe, desapareciendo, sin que nunca más se volviese a saber de él.

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